La Iliada contiene 15.690 versos o hexámetros dactílicos,
ritmo de verso basado en la repetición de dos sílabas
cortas seguidas de una larga, separados entre sí
por una pausa. Su composición se atribuye a Homero (s.VIII
a.C.) que recopiló en su poema antiguos mitos y tradiciones
orales sobre las guerras que los griegos mantuvieron
contra los troyanos por arrebatarles y obtener el control
comercial del Estrecho de los Dardanelos, el Helesponto,
hechos anteriores a la edad del hierro o de sus inicios
que se remontan a los siglos XIII y XII anteriores a
nuestra era (ane), una contienda que duró cerca
diez años.
Desde entonces, han sido muchas las versiones que han
aparecido sobre la guerra de Troya. Los griegos y los
romanos recrearon, corrigieron y aumentaron los textos
homéricos: Dante, Virgilio, Ovidio
y otros muchos de sus contemporáneos incluyeron en sus
obras menciones a los héroes míticos de Homero y a su
epopeya. Durante la Edad Media y, especialmente, a finales
de ésta, se hicieron nuevas y vistosas ediciones de
la Guerra de Troya, basadas en textos que se suponían
más antiguos que los de Homero. Dares "el frigio"
y Dactis "el cretense", dos personajes de
dudosa existencia, que se auto atribuyeron el caprichoso
honor de considerarse partícipes y cronistas de los
hechos narrados, uno en cada uno de los ejércitos contendientes,
fueron considerados más veraces que Homero en sus respectivos
escritos sobre los acontecimientos y, en ellos, se inspiraron
varios autores medievales. Entre los que destacaron
el poema francés, el Roman de Troie de
Benoit de Saint-Maure, escrito en torno a 1160. En éste
poema se inspiró, a su vez, el juez siciliano Guido
delle Colonne, de Mesina, que escribió su libro, concluido
en 1287, Hystorya destructionis Troiae, en el
entonces universal latín, con lo que consiguió una gran
difusión en aquella época y durante los siglos posteriores,
hasta bien entrado el XVIII. Ambos autores incorporaron
a sus obras las novedades literarias que con el paso
de los tiempos se habían generado sobre la legendaria
contienda entre griegos y troyanos.
En estas páginas se adapta una parte del contenido
de los episodios, recogidos entre los cantos XVI a XXIV
y último de la Iliada de Homero, que sucedieron durante
los últimos cincuenta días de la guerra. Para ello nos
hemos basado en las traducciones de Emilio Crespo Güemes
y de Luís Segalá Estalella, en respectivas ediciones
de las editoriales Gredos y Juventud, entre las que
cabe apreciar grandes diferencias de redacción y musicalidad
textual, si bien los hechos narrados mantienen total
similitud. También se puede apreciar que los traductores
tomaron diferentes documentos de referencia, para su
traducción, del griego y del latín. Los escritos originales,
a partir de los que se han realizado las traducciones
que conocemos fueron copias o adaptaciones de los pergaminos
originales, ya desaparecidos, y proceden, respectivamente,
de los últimos siglos del milenio anterior a nuestra
era o de los primeros del primer milenio de nuestra
era.
Por todo lo dicho, no resulta ocioso tener en cuenta
que a lo largo de los tiempos se introdujeron grandes
variaciones a los poemas originales homéricos, tanto
de forma como de fondo, para hacerlos comprensibles
a sus sucesivos lectores en función de las costumbres
al uso o para enriquecerlos con informaciones y conocimientos
posteriores a la época de Homero, aportadas por sucesivos
autores posteriores. Por ejemplo, el rito de incinerar
los cadáveres no se implantó en Grecia hasta el año
464 a., según Herodoto. Sin embargo, en los textos de
las versiones conocidas de la Iliada esta costumbre
funeraria es aplicada durante las honras fúnebres de
los héroes caídos en combate unos ochocientos años antes.
Asimismo, dependiendo de que la adaptación de la obra
fuera realizada por griegos o romanos, las deidades
toman su nombre mítico del griego o de su versión en
latín. Nosotros hemos elegido nombrar los dioses según
la mitología griega, indicando también su denominación
romana. Desde su redacción original, la Iliada y, también,
la Odisea, han conocido un sinnúmero de ediciones hasta
nuestros días que fueron objeto de deseada lectura por
más de 100 generaciones. Todo un éxito editorial.
Procuraremos, al final de estos textos y a modo de epílogo, ofreceros
un diálogo entre sus autores y auténticos coprotagonistas
de la Guerra de Troya: Aquiles y Diomedes.
TROYA
Troya o Ilión, también llamada Pérgamo en la antigüedad,
era la capital de Troade, región de Asia Menor, situada
cerca del Bósforo. Fundada por los pelasgos hacia
el 1500 aC., o por Dardano, o Tros, su nieto, su historia
se confunde con las épocas mitológicas griegas. Los
trabajos arqueológicos realizados por Heinrich Schliemann
(1822-1880), un judío, deslumbrado desde su infancia
por la lectura de la Iliada, revelaron el emplazamiento
de la ciudad de Ilión en la colina de Hissarlik de la
actual Turquía. Allí se descubrieron importantes tesoros
que fueron sacados con sigilo del lugar. Hasta entonces
Ilión y la Iliada fueron consideradas, durante milenios,
pura imaginación de Homero y de los cantos de otros
bardos en los que éste se inspiró.
Los numerosos niveles que distinguieron los arqueólogos, en el mismo
lugar, correspondieron a destrucciones y refundaciones
sucesivas de la ciudad sobre el mismo asentamiento,
algunas de ellas fueron recogidas por la mitología:
después de la construcción de las murallas atribuida
a Poseidón y Apolo, fue saqueada por Hércules bajo
el reinado de Laomedonte, que murió con casi todos
sus hijos, ya que solo sobrevivió Príamo. La guerra
de Troya debió comenzar hacia el 1220 a.C. y la ciudad
cayó en el 1209 a.C. El geógrafo griego Eratóstenes
fechó la guerra de Troya entre el 1194 y el 1184.
Arqueólogos modernos la fecharon con anterioridad,
entre el 1570 y el 1200 a., en la Edad del Bronce
o micénico reciente, ya que el hierro solo era empleado
como artículo ornamental por los protagonistas de
epopeya homérica.
El Rapto de Helena fue el pretexto para desencadenar la guerra de Troya,
aunque los verdaderos motivos debieron ser otros,
ya que los estados griegos fueron presionados desde
el norte, por pueblos que ya dominaban las armas de
hierro y que penetraron en Grecia durante los últimos
siglos del segundo milenio anterior a nuestra era
(a., o a.C., o ane.). Muchos reinos griegos debieron
verse impulsados a buscar nuevos horizontes y atacaron
Troya para hacerse con las rutas comerciales que los
troyanos controlaban por su control del Estrecho de
los Dardanelos y de las costas de Asia Menor. La coalición
de las tribus griegas contra los "bárbaros"
asiáticos contó con un ejército de unos cien mil hombres
bajo el mando de Agamenón, rey de Argos, el más destacado
reino de Grecia, al que acompañaron: su hermano Menelao,
rey de Esparta; Nestor, rey de Pilos; Aquiles, rey
de Ftía (Tesalia), país de los mirmidones; Ulises,
rey de Itaca y otros reyes y héroes como Diomedes,
Ayax, Idomeneo, Filoctetes, etc. La ciudad cayó y
fue incendiada, después de 10 años de asedio, y los
supervivientes fueron exterminados o reducidos a esclavitud
y deportados. El único héroe que se salvó fue Eneas,
protagonista de la "Eneida" de Virgilio,
quien erró largo tiempo antes de establecerse en Italia
y fundar una estirpe en la que Roma quiso hallar sus
remotos y legendarios orígenes.
AQUILES
Fue hijo de la diosa Tetis y del mortal Peleo, rey de los mirmidones,
un pueblo situado en la Tesalia meridional. Eran descendientes
del rey Mirmidas, cuya hija fue seducida por Zeus
que para la conquista de la bella princesa se metamorfoseó
en una hormiga. Según el historiador Estrabón los
mirmidones se dieron ese nombre porque sus tierras
eran ingratas y eso les suponía, para poder labrar
los campos, tener que retirar muchos pedruscos, para
lo que formaban largas cadenas humanas, como hacen
las hormigas. Cuando Tetis alumbró al niño, le llamo
Aquiles que quiere decir "sin labios" ya
que al principio no quería mamar la leche de sus pechos
(curioso, dado el nombre materno). Tetis le quiso
hacer invulnerable y, para ello, le sumergió en lago
Estigia sujetándole por los talones que, de esta forma,
quedaron secos y vulnerables. También se atribuía
su invulnerabilidad a que Tetis cauterizó su cuerpo
y lo cubrió de Ambrosía, el néctar de los dioses.
Pero Peleo arrancó con violencia al niño de sus manos
y, éste, quedó con un talón carbonizado, que Peleo
sustituyó por la taba del gigante Damiso, célebre
por su velocidad en la carrera. De ahí que se le nombrara
como "el de los pies ligeros". También se
le llamaba "el de la dorada cabellera",
"el más valiente de los griegos", "Pelida",
hijo de Peleo, etc. El niño fue confiado al centauro
Quirón, quien le alimentó con fieros jabalíes, entrañas
de león y médula de oso para aumentar su valentía;
además, le enseñó el tiro con arco, el arte de la
elocuencia y la curación de las heridas. La musa Caliope
le enseñó el canto, y el profeta Calcante predijo
que se le daría a escoger entre una vida corta y gloriosa
o larga en años y anodina. El héroe escogió la primera
y cobró fama por sus azañas y grandes aventuras, siendo,
las últimas, las narradas en la Iliada.
INTRODUCCIÓN A LA ILIADA
La Iliada comienza con la ira de Aquiles, porque Agamenón,
rey de los aqueos y jefe de la expedición griega contra
Troya, se ha empeñado en quedarse con su esclava favorita,
Briseida. En señal de protesta, Aquiles, con su ejército
de mirmidones, decide mantenerse al margen de la batalla,
en su campamento, junto a las naves griegas atracadas
en las playas del Estrecho de los Dardanelos1, cercano
a Troya. Esta decisión supone
un grave perjuicio para los aqueos (nombre genérico
dado a los griegos de la época micénica) que son diezmados
por los defensores de Ilión, la acosada ciudad troyana
donde residía el rey Príamo, padre de Héctor y de Paris
(Alejandro), el raptor de Helena, esposa de Menelao,
el hermano de Agamenón.
Los pocos días de batallas del décimo año de la guerra contra Troya que
abarca el poema de la Iliada, van transcurriendo con
suerte alternativa para ambos ejércitos. Los aqueos
tratan en varias ocasiones de conseguir que Aquiles
abandone su pasividad y les ayude a conseguir la victoria,
pero él se mantiene en sus trece hasta que su amado
primo y ayudante, Patroclo, es muerto por Héctor,
el líder troyano.
Los dioses, divididos en dos bandos y, en continuo ir venir del Olimpo,
contemplaban la batalla desde el Monte Ida, situado
a unos setenta kilómetros de Ilión, e intervenían
en ella de forma encubierta encarnándose en héroes
de apariencia humana. Unos apoyaban a los griegos
y otros a los troyanos. Zeus actuaba de árbitro, tomando
decisiones en favor de uno u otro bando según consideraba
que debía equilibrar la marcha de la batalla. Apolo
fue el dios que más se significó en el apoyo a los
troyanos, no en balde la leyenda le atribuye la fundación
de Troya.
LA MUERTE DE PATROCLO
Patroclo, ante la pasividad de su general en jefe e "íntimo amigo",
solicitó su permiso para incorporarse a la lucha utilizando
las armas y la armadura de Aquiles. Aquiles se lo
concedió, recomendándole que no se arriesgara demasiado.
Pero Patroclo, enardecido por el fragor de la contienda,
dio muerte a varios troyanos, entre ellos a Sarpedón.
Aquello desagradó a Zeus que empezó a planear su muerte
y alentó que Héctor y los suyos le acosaran sin descanso.
Apolo que, siguiendo órdenes de Zeus, rescató el cuerpo
de Sarpedón para que los "hermanos gemelos, Muerte
y Sueño", lo transportaran a Licia y pudiera
ser enterrado con todos los honores. Después se encarnó
en Asio, tío de Hécto, y se dirigió a él con estas
palabras: "...guía los corceles de duros cascos
hacia Patroclo y trata de matarle, Apolo te dará apoyo".
Cuando Patroclo vio que el carro de Héctor se acercaba
velozmente, lanzó una piedra que acertó en plena frente
del auriga de Héctor, haciendo que sus ojos saltaran
de las órbitas, cayendo en el polvo. El auriga cual
si fuera un buzo, cayó del asiento a tierra. Héctor
descendió del carro y se enfrentó a Patroclo..."
Se enfrentaron como dos leones hambrientos que en
el monte pelean furiosos por el cadáver de una cierva...,
pues así tiraban el uno y el otro del cuerpo exánime
del auriga". Ayudado por los aqueos, Patroclo
se hizo, al fin, con el auriga muerto y siguió atacando
a los teucros que defendían a Héctor. Pero había llegado
su hora. Apolo, en la confusión del combate, le golpeó
por la espalda y le quitó el refulgente yelmo de Aquiles,
que rodó sobre el polvoriento suelo por primera vez
desde que fuera forjado. Patroclo sintió que le abandonaban
las fuerzas, cuando, de pronto, sintiose alcanzado
por la pica de Euforbo. Héctor, al verle herido, fue
a su encuentro y "le envasó la lanza por la parte
inferior del vientre". Las últimas palabras de
Patroclo fueron para Héctor, al que predijo una pronta
muerte.
Menelao dio muerte inmediata a Euforbo y se dispuso con los aqueos a
defender y rescatar el cuerpo de Patroclo. Ante la
llegada de Héctor, pidió ayuda a Ayax y se entabló
una fiera lucha entre teucros y troyanos por hacerse
con el cuerpo de Patroclo. Ayax le pidió a Menelao
que enviara un mensaje a Aquiles avisándole de la
muerte de Patroclo, mientras el resto de los combatientes
era alentado a defender el cuerpo del muerto. Menelao,
a su vez, encargó a Antíloco que trasmitiera el mensaje
y se puso a defender el cuerpo de Patroclo que, entre
todos, iban retirando perseguidos de cerca por los
teucros.
Cuando Aquiles escuchó el nefasto mensaje "Dio un horrendo gemido
que oyó hasta su madre, la diosa Tetis, desde el fondo
del mar". Tetis se trasladó veloz, con toda su
corte de nereidas, junto a su hijo que, al verla,
proclamó sus deseos de venganza; ella le respondió..."Breve
será tu existencia, a juzgar por lo que dices; pues
la muerte te aguarda así que Héctor perezca".
A lo que él contestó..."Sufriré la muerte cuando
lo dispongan Zeus y los demás dioses inmortales. Pues
ni el fornido Hércules pudo librarse de ella".
Tetis le dijo..."Pero tu magnífica armadura,
regalo de los dioses a tu padre Peleo el día que me
colocaron en su tálamo, la tiene Héctor que se vanagloria
de cubrir con ella sus hombros..." - y añadió
- "Tu no entres en combate hasta que mañana,
al romper el alba, te traiga una hermosa armadura
fabricada por Hefesto (Vulcano)". Dicho esto,
la diosa envió sus acompañantes al seno del anchuroso
mar y se dirigió al Olimpo para encargar la magnífica
armadura.
Mientras, la pelea por el cuerpo de Patroclo continuaba entre teucros
y aqueos y todo indicaba que Héctor y los suyos se
iban a apoderar del macabro botín. Pero la diosa Iris,
enviada por Hera (Juno), se presentó ante Aquiles
y le dijo: "Levántate y no yazcas más; avergüéncese
tu corazón de que Patroclo llegue a ser juguete de
los perros troyanos; pues debiera ser para ti motivo
de afrenta que el cadáver sufra algún ultraje".
"¿Pero cómo habría de combatir sin mi armadura?"-
preguntó Aquiles. A lo que ella contestó: "Basta
con que te muestres a los teucros a la orilla del
foso que rodea las naves para que, temiéndote, cesen
de pelear". Tres veces, el divino Aquiles, gritó
a orillas del foso y tres veces se turbaron los teucros;
y doce de los más valiosos guerreros murieron atropellados
por los carros y heridos por sus propias lanzas. Los
aqueos, aprovechando la confusión causada por las
tremendas voces de Aquiles, consiguieron poner a Patroclo
fuera del alcance de los enemigos y se encaminaron
hacia el campamento.
Hera, la de los grandes ojos, obligó al sol infatigable a hundirse, mal
de su grado, en la corriente del Océano y, una vez
puesto, los divinos aqueos suspendieron la enconada
pelea y el general combate. Los troyanos pensaron
en regresar al amparo de la amurallada Ilión por temor
a Aquiles si permanecían en campo descubierto, pero
Héctor se opuso y expresó su deseo de enfrentarse
al mirmidón: "Me propongo no huir de él sino
enfrentarlo en batalla horrísona; y alcanzará una
gran victoria o seré yo quien la consiga. Que Ares
(Marte) es a todos común y suele causar la muerte
del que matar desea".
En el campamento griego, Aquiles lloraba y velaba el cadáver de su amigo:
"Esta tierra me contendrá en su seno, ya que
he de morir, ¡oh Patroclo!, después que tú. No te
haré honras fúnebres hasta que traiga tus armas y
la cabeza de Héctor. Degollaré ante la pira funeraria,
para vengar tu muerte, doce hijos de ilustres troyanos,
y en tanto permanezcas tendido junto a las corvas
naves, te rodearán, llorando noche y día, las troyanas
y dardanias de profundo seno que conquistamos con
nuestro valor y la ingente lanza, al entrar a saco
en las opulentas ciudades de hombres de voz articulada".
LA FURIA DE AQUILES
Cuando la aurora, de azafranado velo, se levantaba de la corriente del
océano para llevar la luz a los dioses y los hombres,
Tetis llegó a las naves con la fulgente armadura que
Hefesto le había forjado. Halló al hijo querido reclinado
sobre el cadáver de Patroclo, llorando ruidosamente,
rodeado de muchos amigos que derramaban lágrimas.
Tetis, la de la casta de Zeus, divina entre los dioses,
cogió la mano de Aquiles y le habló de este modo:
"Hijo mío, a pesar de nuestra aflicción, dejemos
yacer a Patroclo, ya que sucumbió por designio de
los dioses, y tú recibe esta ilustre armadura, tan
bella como jamás varón alguno haya llevado sobre sus
hombros". Aquiles sintió como renacía su cólera,
ante la vista de la armadura, a la vez que se gozaba
del espléndido presente de Hefesto. Expresó a su madre
su preocupación por la descomposición del cuerpo del
amigo, invadido por un enjambre de moscas. Tetis vertió
unas gotas de ambrosía, el nectar de los dioses, para
que el cuerpo se conservara fresco. Después pidió
a su hijo que se armara para el combate contra los
troyanos. Aquiles vistió la brillante armadura, cogió
la grande lanza, que solo él podía manejar, y se dirigió
hacia donde estaban los demás héroes aqueos, en la
orilla del mar junto al recinto de las naves, y les
convocó dando pavorosos alaridos. Todos acudieron,
encabezados por Diomedes y Ulises que cojeaba a causa
de sus heridas, y le rodearon. También llegó el rey
Agmenón que, con la apropiación de la esclava Briseida,
había provocado el enojo de Aquiles y su renuncia
a participar en el combate contra los troyanos. Aquiles
le recriminó su conducta, pero expresó su deseo de
volver a combatir si obtenía satisfacción del rey.
Agamenón le contestó disculpándose por su comportamiento,
atribuyó a los dioses su pérdida de juicio al provocar
aquel incidente y le prometió entregarle a la esclava
y numerosos presentes como muestra de su arrepentimiento.
Aquiles aceptó las disculpas y expresó su firme voluntad
de entrar inmediatamente en combate: "Para que
todos vean a Aquiles entre los primeros combatientes,
aniquilando con su lanza las falanges de los teucros".
El ingenioso Ulises, hijo de Laertes, pidió que se celebrara un gran
desayuno para tomar fuerzas para la lucha y añadió:
"Que Agamenón entregue los presentes a Aquiles
y que jure que nunca subió al lecho de Briseida, ni
yació con ella, como es costumbre entre hombres y
mujeres. Y tú, Aquiles, procura tener en el pecho
un ánimo benigno". Agamenón estuvo de acuerdo
y añadió: "Estoy presto a ese juramento y no
invocaré el nombre de la deidad con perjurio".
A continuación, ordenó que se trajeran los presentes
para Aquiles y que se inmolaran animales y un jabalí
en honor de Zeus y del sol, siempre invocado en los
juramentos por ser el que todo lo veía sobre la tierra.
Aquiles pidió que se demoraran estas ceremonias para
después del combate, pero Ulises insistió en su propuesta
y Aquiles acabó por consentir, al ver que aquello
era lo que sus compañeros y las tropas deseaban.
Se entregaron los presentes, entre los que figuraban siete doncellas
expertas en intachables labores, doce caballos, diez
talentos de oro (unos trescientos kilos) y la joven
Briseida. Después Agamenón hizo el juramento: "Sean
testigos Zeus, la Tierra y el Sol y las Furias (Iras
o Eriníes) que bajo tierra castigan a los muertos
que fueron perjuros que jamás he puesto mano sobre
Briseida". A continuación degolló el jabalí con
el despiadado bronce y dijo: "Zeus padre, ¡Cómo
llegas a confundir a los hombres!. Jamás, Aquiles,
habría sido capaz de arrebatarme a Briseida contra
mi voluntad. Pero, sin duda, querías la muerte de
muchos aqueos. Ahora - dijo, dirigiéndose a los hombres
- id a comer y luego trabaremos feroz lucha contra
los teucros".
La asamblea se disolvió y cada uno marchó a su nave. Los mirmidones de
Aquiles se hicieron cargo de los regalos, portándolos
al campamento. Briseida, semejante a la áurea Afrodita,
se dirigió llorosa hacia el tálamo donde yacía Patroclo
y entre sollozos exclamó: "¡Oh Patroclo, amigo
carísimo de esta desventurada!, vivo te dejé al partir
de la tienda, y te encuentro difunto al volver. ¡Cómo
me persigue la desgracia!. Muerto mi esposo por Aquiles
y tomada de la ciudad de Mines (Lirneso), tu no me
dejabas llorar diciendo que lograrías que fuera la
mujer legítima del divino Aquiles y que entre los
mirmidones, en su reino, celebraríamos el banquete
nupcial. Ahora que has muerto, no me cansaré de llorar
por ti que siempre fuiste dulce conmigo".
Aquiles continuaba llorando a su amigo y sin probar bocado. Zeus se apiado
de él y envió a Atenea, su protectora, para que le
alimentara con néctar y ambrosía, para evitar que
desfalleciera durante el combate. Atenea, semejante
a un halcón de desplegadas alas, descendió del cielo,
a través del éter y las nubes, y alimentó a su protegido,
sin que él lo advirtiera, para evitar que flaquearan
sus rodillas. Después, regresó al palacio del prepotente
padre. Mientras, la riada de soldados se alejaba de
las naves y el brillo de sus cascos asemejaba los
copos de nieve que envía Zeus, en alado vuelo, bajo
el impulso del frío Bóreas, nacido del éter. Así de
grande era el número de hombres que abandonaban las
naves dispuestos al combate, y refulgente el brillo
de sus yelmos, armaduras, escudos y lanzas. El fulgor
llegó al cielo y la tierra se mostraba risueña por
los rayos que despedía el bronce. El gran ruido que
surgía de los pies de los guerreros se alzaba hasta
el cielo.
Aquiles, lleno de furia, portaba la armadura forjada por Hefesto. Púsose
en las piernas las grebas ajustada con hebillas de
plata; protegió su pecho con la coraza, colgó del
hombro la espada de bronce guarnecida con argénteos
clavos, y se embrazó el grande y fuerte escudo, cuyo
resplandor semejaba de lejos el resplandor de la Luna.
Cubrió la cabeza con el fornido yelmo que brillaba
como un astro y sobre él ondeaban las áureas y espesas
crines de caballo que Hefesto colocara en la cimera.
Sacó de su estuche la poderosa lanza que solo él podía
manejar y alzándola y rugiendo como un león la agitó
amenazante en el aire sobre su cabeza. En tanto, los
aurigas se aprestaban a uncir los caballos a los carros,
sujetándolos con hermosas correas de cuero brillante;
empujaron los frenos entre las mandíbulas y tendieron
las riendas hacia atrás, atándolas a la fuerte caja
de los carros. El auriga Automedonte saltó al carro
con el magnífico látigo y Aquiles, cuya armadura refulgía
como el mismo Sol, subió tras él y con horribles gritos
jaleó a los corceles: ¡Janto y Balio, ilustres hijos
de Podarga! Cuidad de traer salvo al campamento de
los danaos al que hoy os guía; y no le dejéis muerto
en la liza como a Patroclo". Janto, al que Hera
dotó de voz, bajó la cabeza, sus ondeantes crines
se desplazaron hasta el suelo, pasando sobre la extremidad
del yugo, y respondió: "Aquiles, hoy te salvaremos,
pero está cerca el día de tu muerte. Nosotros correríamos
como soplo del Céfiro, que es tenido como el viento
más rápido. Pero tú, como Patroclo, estás destinado
a sucumbir a manos de un dios y de un mortal".
Dichas estas palabras, las furias les cortaron la
voz y Aquiles, indignado, le contestó así: "Janto,
¿Porqué vaticinas mi muerte? Ya sé que mi destino
es perecer aquí, lejos de mi padre; mas, con todo
eso, no he de descansar hasta que harte de combate
a los teucros". Esto dijo; y dando voces, dirigió
los solípedos caballos hacia las primeras filas del
ejército.
EL COMBATE.
CANTO XX Y SIGUIENTES.
Zeus ordenó a Temis que convocara una asamblea de los dioses. Todos acudieron
y se acomodaron expectantes en rededor del dios. Zeus
les indicó que la intervención de Aquiles podía suponer
el fin de los troyanos: "Pues si Aquiles, el
de los pies ligeros, combatiese solo contra los teucros,
estos no resistirían ni un instante su acometida".
Después les pidió que se dividieran en dos bandos
y que intervinieran en el combate para equilibrar
las fuerzas. En auxilio de los aqueos se encaminaron:
Hera (Juno), Palas Atenea (Minerva), Poseidón (Neptuno),
Hermes (Mercurio) y Hefesto (Vulcano), y hacia las
tropas troyanas acudieron: Ares (Marte), Febo Apolo
(Apolo), Artemisa (Diana), Leto (Latona), Janto (un
dios menor del río del mismo nombre, cercano a Ilión)
y Afrodita (Venus). (Conviene recordaros que Hera
era la madre e Eneas y Afrodita la vencedora del juicio
de París, en que éste la había elegido como la más
bella entre las diosas).
Mas así que los olimpios penetraron entre los guerreros,
levantose la terrible discordia que enardece a los varones
y les hace venir a las manos, estableciendo la feroz
contienda. Zeus, desde lo alto del Monte Ida2
, observatorio
de los dioses durante la batalla, tronó horriblemente,
y Poseidón sacudió desde las profundidades la inmensa
tierra. Asustose Aidoneo (Plutón), rey de los infiernos,
y saltó de su trono temiendo que la tierra se abriese
y se hicieran visibles las horrendas y tenebrosas mansiones
de los muertos, visión que hasta las deidades aborrecían.
Ares alentaba a Héctor y Apolo a Eneas a enfrentarse con Aquiles, para
frustrar el deseo de éste de enfrentarse a Héctor,
pero Eneas le dijo al dios: "...Ningún hombre
puede combatir con Aquiles, pues a su lado siempre
acude alguna deidad que le libra de la muerte. Si
un dios me apoyara para igualar las condiciones del
combate, Aquiles no me vencería". Apolo insistió:
"¡Héroe! Ruega tu también a los dioses auxilio,
pues dicen que naciste de Afrodita, hija de Zeus,
y el pelida es hijo de una diosa inferior, pues la
primera desciende de Zeus y Tetis fue hija del anciano
del mar. Levanta el indomable bronce y marcha al encuentro
de Aquiles. Así lo hizo Eneas. Cuando Aquiles lo tuvo
frente a frente le dijo que para que trataba de enfrentarse
con él si sabía que podía vencerle como ya lo hizo
tiempo atrás: "Te aconsejo que vuelvas con tu
ejército, antes de padecer daño alguno; que el necio
solo conoce el mal cuando ha llegado". Pero Eneas,
orgulloso de su linaje, respondió desafiante y arrojó
su lanza contra Aquiles que con gran estruendo se
clavó en el imponente escudo, recubierto de láminas
de bronce oro y plata, del hijo de Peleo que, a su
vez, lanzó la suya traspasando el escudo de Eneas
y, pasando sobre su hombro, se incó en el suelo. Aquiles
desnudó la espada y se abalanzó sobre Eneas. Poseidón,
viendo que Eneas quedaba a merced de su atacante,
fue en su auxilio. Extendió una nube y elevó a Eneas
por encima de los combatientes, llevándolo al otro
extremo del campo de batalla sin que Aquiles lo advirtiera,
y le dijo: "Retírate cuantas veces le encuentres,
no sea que te haga descender a la morada del Hades
(el reino de los muertos). Pero cuando Aquiles muera,
según está escrito, no temas luchar entre las primeras
filas, pues ningún aqueo te podrá matar (¿Qué hubiera
sido de la Eneida de Virgilio sin Eneas?). Cuando
la niebla se retiró de los ojos de Aquiles, éste comprendió
que algún dios había favorecido a Eneas, haciéndole
desaparecer.
Aquiles, saltando entre las filas, arengó a los aqueos incitándoles al
combate cuerpo a cuerpo. Héctor, desde su posición,
hacía lo mismo con los teucros y buscaba el encuentro
con Aquiles. Pero Apolo logró disuadirle de un enfrentamiento
directo. Mientras, muchos valerosos teucros caían
bajo el ímpetu de Aquiles que se batía en feroz combate
contra todos los que se ponían a su alcance. Una de
sus numerosas víctimas, Polidoro, hermano de Héctor,
fue atravesado de parte a parte por la lanza del pelida
y, encorvado, con las entrañas en la mano, fue visto
por Héctor que, furioso, fue al encuentro de Aquiles
arrojándole su lanza. Atenea, con un leve soplo, desvió
la trayectoria e hizo que el arma retornara a los
pies de Héctor. Aquiles arremetió contra él dando
horribles gritos, pero Apolo cubrió a Héctor con una
densa niebla, ocultándole, como hiciera Poseidón con
Eneas, de la vista de Aquiles que, rabioso, exclamó,
tratando de acertar a ciegas con la carne de Héctor
que se le ocultaba: "De nuevo te has librado
de la muerte. Yo acabaré contigo, más tarde, si algún
dios me ayuda, como contigo han hecho" y siguió
esparciendo, con saña, la muerte por todos lados.
El ímpetu de Aquiles se extendía a todos sus guerreros
y lograron que los teucros buscaran refugio en la
amurallada Ilión, donde Príamo veía aproximarse el
desastre.
Los griegos habrían asaltado Troya de no ser porque
Apolo incitó a Agenor a interponerse y lanzar su lanza
sobre Aquiles, el invencible. La pica rebotó en la
formidable armadura que Hefesto forjara. Viendo Apolo
que el pelida corría veloz hacia Agenor, le retiró
de la batalla, tomando su forma. Inició una carrera,
distanciándose del recinto amurallado de la ciudad,
mientras Aquiles y los suyos le perseguían. Esta maniobra
de distracción, permitió que los teucros lograran
refugio en la ciudad, que "como cervatos se recostaron
en los hermosos baluartes, refrigeraron el sudor y
bebieron para apagar la sed". El hado funesto
solo detuvo a Héctor para que permaneciera fuera de
los muros de Ilión, junto a las puertas esceas. Apolo,
harto de la carrera de distracción de Aquiles y los
suyos, se encaró con él y le reveló el engaño. Aquiles,
enfurecido con el dios, exclamó: "¡Oh flechador,
el más funesto de los dioses!. Me engañaste, alejándome
de la muralla, cuando todavía habrían mordido la tierra
muchos teucros, antes de llegar a Ilión. Me has privado
de alcanzar una gloria no pequeña, y has salvado con
facilidad a los teucros, ya que no temes mi venganza.
Y, ciertamente, me vengaría de ti si mis fuerzas lo
permitieran". Dicho esto, sin esperar contestación
del dios, regresó corriendo a las murallas de la ciudad;
como el corcel vencedor en la carrera de carros, trotaba
el veloz Aquiles, tan ligeramente movía los pies y
rodillas.
Príamo fue el primero, desde su torre, en verle venir por la llanura,
tan resplandeciente como el astro que en otoño se
distingue entre otras muchas estrellas, por sus vivos
rayos, durante la noche oscura y recibe el nombre
del perro de Orión (Cannis Minor), el cual, con ser
brillantísimo, constituye una señal funesta, porque
trae excesivo calor a los míseros mortales; de igual
manera centelleaba el bronce sobre el pecho del héroe,
mientras corría. Príamo, viendo que su hijo amado
permanecía inmóvil junto a las puertas, le pidió a
gritos que no continuara, allí, solo y le urgió a
que entrara en la ciudad. Príamo ya echaba en falta,
entre los muros de la ciudad a sus otros dos hijos,
Polidoro y Licaón, que habían sido muertos por Aquiles,
y le dijo a Héctor: "Ven adentro del muro, hijo
querido, para que salves a los troyanos y las troyanas;
no quieras proporcionar inmensa gloria al pelida y
perder tú mismo la existencia. ¡Compadécete de mí!
De este infeliz y desgraciado que aún conserva la
razón, después de contemplar tantas desventuras: muertos
mis hijos, esclavizadas mis hijas, destruidos los
tálamos, arrojados los niños por el suelo en el terrible
combate y las nueras arrastradas por las fuertes manos
de los Aqueos...".
Príamo y Hécuba siguieron con sus ruegos a Héctor para que entrara en
la ciudad, pero Héctor se consideraba responsable
del desastre sobrevenido sobre su ejército por haberse
empeñado en mantenerlo fuera del recinto de la ciudad,
plantando cara a los aqueos en campo abierto. Por
unos instantes, pensó en dejar las armas contra las
murallas y tratar de negociar con Aquiles una rendición
honrosa de Ilión, devolviendo a Helena y los tesoros
que Alejandro (Paris) trajera con ella a Troya. Además,
le propondría entregar la mitad de los tesoros de
la ciudad contenía, pero se dijo: "No, no iré
a suplicarle; que sin tenerme consideración ni respeto,
me matará inerme, como a una mujer, tan pronto como
deje las armas. Imposible es conversar con él desde
lo alto de una encina o de una roca, como un mancebo
con una doncella: sí, como un mancebo y una doncella
suelen conversar. Mejor será comenzar el combate,
para que veamos a quién concede Zeus la victoria.
Cuando vio que Aquiles se le acercaba, cual si de
Ares se tratara, con su armadura y su escudo brillando
como el resplandor del fuego del sol naciente, se
echó a temblar y huyó espantado.
Como el gavilán se lanza en vuelo tras la tímida paloma, así Aquiles
volaba enardecido tras de él. En la loca carrera llegaron
a dos cristalinos manantiales, que son las fuentes
del río Janto voraginoso. El primero tiene agua caliente
y lo cubre el vapor como si allí hubiera un fuego
abrasador; el agua que brota del segundo es, en verano,
como el granizo, la fría nieve o el hielo. Cerca hay
unos lavaderos de piedra, grandes y hermosos, donde
las esposas y las bellas hijas de los troyanos solían
lavar sus magníficos vestidos en tiempo de paz. Por
allí pasaron los dos contendientes, en veloz carrera,
y así llegaron a dar tres vueltas a la ciudad de Príamo.
Los dioses les contemplaban y Zeus dijo: "Mi
corazón se compadece del caro Héctor, que tantos muslos
de buey ha quemado, en mi obsequio, en las cumbres
del Monte Ida. ¡Deliberad, oh dioses!, y decidid si
le salvaremos de la muerte horrísona o dejaremos que
muera a manos de Aquiles". Respondiole Atenea:
"¿De nuevo quieres salvar de la muerte a Héctor
a quien el hado a condenado a morir? Hazlo, pero no
todos los dioses lo aprobaremos". Zeus le contestó,
abrumado por la vehemencia de su hija: "Tranquilízate,
hija querida, pues quiero ser complaciente contigo.
Obra conforme a tus deseos y no desistas en tu empeño
de ver muerto a Héctor". La diosa descendió en
raudo vuelo sobre la llanura. Mientras tanto, Aquiles
acortaba distancia, sin cesar de correr tras Héctor,
impidiendo una y otra vez que éste se acercara a las
puertas de la ciudad. Ni Hector podía escapar de Aquiles,
ni éste conseguía dar alcance a Héctor, que había
recibido fuerzas de Apolo por última y postrera vez.
Aquiles hacía señas a sus guerreros para que no dispararan
flechas contra el perseguido, ni trataran de detenerle,
pues quería para sí mismo toda la gloria.
Cuando, en la cuarta vuelta, pasaban por los manantiales, Zeus tomó la
balanza de oro y puso en cada lado la suerte de cada
uno de ellos. La balanza se inclinó bajo el peso del
día fatal de Héctor y penetró hasta el Orco. Al instante,
Apolo desamparó al troyano y Atenea se acercó a Aquiles:
"Párate y respira; persuadiré a Héctor para que
luche contigo frente a frente"- le dijo - y fue
en busca de Héctor tomando la forma de Deifobo, hermano
de Héctor. Llegó hasta él y le pidió que rechazara
el ataque del pelida: "¡Mi buen hermano! Nuestro
padre, nuestra venerable madre y los amigos me abrazaban
las rodillas y me suplicaban que me quedara con ellos;
de tal modo tiemblan todos, pero mi ánimo se sentía
atormentado por grave pesar y vengo en tu auxilio.
Ahora peleemos con brío sin dar reposo a la pica,
para ver si Aquiles nos mata y se lleva nuestros sangrientos
despojos a sus cóncavas naves o sucumbe vencido por
tu lanza". Dicho esto, Atenea se puso a caminar
obligando a Héctor a acompasar su paso. Cuando llegaron
frente a Aquiles, Héctor le dirigió estas palabras:
"No huiré más de ti, como hasta ahora. Mi ánimo
me impele a afrontarte, ora te mate, ora me des muerte.
Si Zeus me concede la victoria y te arranco la vida,
cuando te haya despojado de tus armas entregaré el
cadáver a los aqueos. Obra tu conmigo de igual manera
y entrega mi cuerpo a mi familia. A lo que Aquiles
respondió: "No me hables de pactos, ¡¡Maldito!!.
Igual que no es posible la alianza entre los leones
y los hombres, ni el acuerdo entre lobos y corderos,
que solo piensan en destrozarse los unos a los otros,
tampoco puede haber pactos ni amistad entre nosotros,
hasta que uno de los dos caiga y Ares quede saciado
de sangre. Revístete de valor, pues es preciso obrar
como belicoso y esforzado campeón. Ya no puedes escapar,
pues Atenea te hará sucumbir, herido por mi lanza,
y pagarás todos los dolores causados a mis amigos,
a los que mataste cuando manejabas furiosamente la
pica".
Diciendo esto, blandió y arrojó con furia la fornida lanza. Héctor reaccionó
con agilidad y evitó el golpe. La lanza se clavó en
el suelo. Atenea la recogió y la devolvió a Aquiles
sin que Héctor lo advirtiese. "¡Erraste el tiro,
deiforme Aquiles!...Ahora, ¡guárdate de mi broncinea
lanza!. ¡Ojalá toda ella se escondiera en tu cuerpo!
La guerra sería más liviana para los troyanos si tu
murieses, porque eres su mayor azote". Así habló
Héctor y lanzó la lanza que rebotó en el escudo de
Aquiles. Cuando se volvió hacía Deifobo, para pedir
otra pica, vio que éste había desaparecido y comprendió
el engaño de los dioses: "¡Oh, ya los dioses
me llaman a la muerte! - exclamó - cercana la tengo
y no puedo evitarla. Así les habrá placido a Zeus
y Apolo que antes me salvaban de los peligros. ¡Cumpliose
mi destino!. Pero no quisiera morir cobardemente,
sin gloria, sino realizando algo grande que llegara
a conocimiento de los tiempos venideros". Dicho
esto, desenvainó la espada y se arrojó contra Aquiles,
como el águila de alto vuelo se lanza sobre la llanura,
atravesando las nubes, para arrebatar un tierno cordero
o una trémula liebre. Aquiles embistiole, a su vez,
con el corazón rebosante de feroz cólera, mientras,
rápido, examinaba la parte más vulnerable del cuerpo
de Héctor, protegido, como estaba, por la armadura
de Aquiles que arrancara del cuerpo de Patroclo, después
de darle cruel muerte. Solo quedaba al descubierto
el lugar en que las clavículas separan el cuello de
los hombros, la garganta, que es el sitio por donde
más pronto escapa el alma. Por allí le envainó la
pica y la punta asomó por la nuca, sin dañarle la
traquea para que pudiera hablar y responderle.
Héctor cayó sobre el polvo, y Aquiles, jactándose del triunfo, le dijo:
"...A tí los perros y las aves te despedazarán
ignominiosamente, y a Patroclo le haremos honras fúnebres".
Héctor, con tenue voz, respondió: "No permitas
que los perros me despedacen y devoren junto a las
naves aqueas. Acepta el bronce y el oro que, en abundancia,
te darán mis padres, y entrega el cadáver a los míos
para que lo lleven a mi casa y los troyanos lo pongan
en la pira". Aquiles, mirándole con torva faz,
replicó: "No me supliques ¡¡perro!!. Ojalá el
furor y el coraje me incitaran a despedazarte, cortar
tus carnes y comérmelas crudas. Nadie podrá apartar
tu cuerpo de los perros y las aves de rapiña; aunque
me quieran pagar tu peso en oro, así no podrá tu madre
ponerte en un lecho para llevarte". Ya moribundo,
Héctor contestó: "Tienes en el pecho un corazón
de hierro. Guárdate de atraer sobre ti la cólera de
los dioses, por obrar así conmigo, se acerca el día
que Alejandro (Paris) y Apolo te harán desaparecer.
Diciendo esto, la muerte le cubrió con su manto: el
alma voló de los miembros y descendió al Orco. Aquiles
dijo: ¡¡Muere!! Yo acogeré gustoso mi parca y perderé
la vida cuando los dioses inmortales dispongan que
se cumpla mi destino". Arrancó la lanza del cuello
del muerto y le despojó de la ensangrentada armadura.
Acudieron, entonces, los demás aqueos y con sus picas
hendían el hermoso cuerpo inerme, mientras decían:
"¡Oh dioses! Héctor es ahora mucho más blando
de tocar que cuando prendió nuestras naves con el
voraz fuego".
Aquiles pensó mantener el cerco de la ciudad, pues, los troyanos, muerto
su héroe, tal vez estuvieran dispuestos a rendirse,
pero recordó que Patroclo debía ser honrado, alcanzada
la venganza, y ordenó a sus hombres que regresaran
a las naves cantando el himno de la victoria, el peán.
Por su parte, para tratar con ignominia el cuerpo
de Héctor, traspasó con correas los tobillos del vencido,
entre el hueso y los tendones (hoy llamados de Aquiles),
y las ató al carro, de modo que la cabeza quedara
sobre el suelo para ser arrastrada por el polvo. Luego,
recogió la armadura, arrancada del cuerpo de Héctor,
y subiendo al carro fustigó los caballos que, gozosos,
partieron raudos. La cabeza de Héctor se hundía golpeada
en el suelo y su negra cabellera se esparcía por el
polvo. Hécuba, su doliente madre, al verlo se arrancaba
los cabellos y, apartando su velo, prorrumpió en elevado
llanto. Príamo, desde los baluartes de Ilión, gemía
lastimeramente y, con él, toda Ilión era presa de
lamentos y llantos. La esposa de Héctor, que se hallaba
en el interior del palacio, preparando el baño para
recibir a su esposo, oyó los gemidos que se extendían
por las estancias y, temiendo que su amado fuera el
motivo, se precipitó hacia la alta torre. Desde allí,
contempló como Aquiles, en su carro, arrastraba el
cuerpo del difunto hacia el campamento aqueo. Se le
desmayó el alma y cayó de espaldas, apenas sostenida
por sus cuñadas. Cuando recobró el aliento, comenzó
a arrancarse los vistosos lazos, la diadema, la redecilla,
la trenzada cinta y el velo que la dorada Afrodita
le había regalado el día de sus esponsales.
Aquiles llegó al lecho de Patroclo, junto a las naves, y, colocando sus
homicidas manos sobre el pecho del amigo muerto, exclamó:
"¡Alégrate, oh Patroclo, aunque estés en el Orco!
Voy a cumplir cuanto te prometiera. He traído arrastrando
el cuerpo de Héctor, que entregaré a los perros para
que lo despedacen cruelmente; y degollaré, ante tu
pira, doce hijos de troyanos ilustres por la cólera
que me causó tu muerte". Se celebró a continuación
un banquete funeral en el que se sacrificaron numerosos
animales. Alrededor del cadáver, corría la sangre
en abundancia por todas partes. Finalizado el banquete,
todos se retiraron a sus naves y Aquiles no tardó
en ser vencido por el sueño y, entonces, vino a encontrarle
el alma de Patroclo para pedirle ser enterrado cuanto
antes y de este modo poder descender al Orco. También
le recordó su próxima muerte y expresó el deseo de
que sus huesos fueran colocados junto a los suyos
en el mismo túmulo. Aquiles, tras indicarle que cumpliría
sus deseos, fue a darle un abrazo y el alma de Patroclo,
cual si fuera humo, se disipó y penetró en la tierra
dando chillidos.
Al despertar la aurora, Agamenón envió a por leños para levantar la pira
funeraria en la playa. Una vez estuvo dispuesta, Aquiles
se cortó los dorados cabellos y los esparció sobre
las manos del difunto. Después, pidió que se inmolaran
muchos corderos y con la grasa desprendida de los
quemados cuerpos, cubrió el cadáver del amigo de los
pies a la cabeza; llevó también a la pira un ánfora
de miel y otra de aceite y las vertió sobre el cuerpo
y el lecho. Arrojó sobre la pira: cuatro corceles,
dos de los nueve perros del rey y los cuerpos de los
doce hijos de troyanos ilustres degollados a los que
había dado muerte con su lanza. Y, a continuación,
entregó la pira a la indomable violencia del fuego,
diciendo: "¡Alégrate, oh Patroclo! Yo he cumplido
cuanto te prometí, pero a Héctor no lo entregaré a
la hoguera sino a los perros, para que lo destrocen.
Afrodita, hija de Zeus, mantenía el cuerpo del troyano
apartado de las vista de los aqueos y procedió a ungirlo
con un divino aceite rosado para que Aquiles no lo
lacerase al arrastrarlo. Mientras, Apolo cubrió el
cielo con una nube, para evitar que el sol secara
los miembros y nervios del héroe caído. Así le cuidaban
los dioses, compadecidos de la fatal suerte de su
antiguo protegido.
Como la pira ardía levemente, Aquiles imploró a los vientos que soplaran
con fuerza. Estos, que estaban celebrando un banquete
en la morada del impetuoso Céfiro, se levantaron con
inmenso brío, esparcieron las nubes, hicieron crecer
las olas y, pasando por encima del mar, llegaron a
Troya y cayeron sobre la pira, haciendo que el fuego
abrasador bramara con furia. Al amanecer, los vientos
regresaron a sus moradas y los hombres sofocaron con
negro vino las ya agotadas llamas. Procedieron a recoger
los huesos de Patroclo, los encerraron en una urna
de oro, la sellaron con doble capa de grasa, la cubrieron
con un sutil velo y la colocaron sobre un túmulo.
Aquiles organizó, después, una serie de juegos, en los que se abstuvo
de participar, prometiendo a los ganadores valiosos
premios. Primero, tuvo lugar una carrera de cuádrigas
en las que participaron varios héroes aqueos, siendo
el tidida Diomedes el que se alzó con la victoria.
A continuación se celebraron: un campeonato de lucha,
carreras a pie, y lanzamiento de picas. Finalizados
los juegos, los guerreros se dispersaron, tomaron
la cena y se regalaron con el dulce sueño. Aquiles
no podía conciliar el sueño y vagó triste por la playa.
Más tarde, unció al carro los ligeros corceles y atando
el cadáver de Héctor, lo arrastró, dando varias vueltas
alrededor del túmulo de Patroclo. Luego, volvió a
la tienda, dejando el cadáver tendido con la cara
sobre el polvo. Algunos dioses se compadecían del
muerto e instigaban a Apolo a que hurtase el cuerpo
de Héctor. Pero Hera y Atenea se oponían. (Ellas fueron
las diosas perdedoras en el Juicio de Paris, en el
que el troyano declaró que Afrodita era la más bella
entre las tres diosas concursantes. Las perdedoras
nunca perdonaron a Paris semejante decisión).
Zeus intervino, al fin, y consideró que lo mejor sería que la madre de
Aquiles, Tetis, convenciera a su hijo de que debía
restituir el cadáver a Príamo, pues Héctor siempre
le había ofrecido sacrificios y era su favorito en
Ilión. Tetis fue llamada a presencia del dios, se
sentó junto a él y escuchó sus palabras: "¡Oh
diosa Tetis! Aquí se está proponiendo el rapto del
cadáver de Héctor, pero yo prefiero dar a Aquiles
la gloria de devolverlo y conservar, así, tu respeto
y amistad. Amonéstale y háblale de la irritación que
nos está produciendo su actitud. Por mi parte, enviaré
a la diosa Iris al magnánimo Príamo, para que vaya
a las naves de los aqueos y redima a su hijo, llevando
dones a Aquiles para que aplacar su enojo".
Tetis descendió del Olimpo en raudo vuelo y, entrando en la tienda de
su hijo, le habló en estos términos: "¡Hijo mío!
¿Hasta cuando dejarás que el llanto y la tristeza
roan tu corazón, sin acordarte de la comida ni del
concúbito? Bueno será que goces del amor con una mujer,
pues ya no vivirás mucho tiempo: la muerte y el hado
cruel se te avecinan. Vengo como mensajera de Zeus:
los dioses están irritados contra ti y en especial
él mismo. Entrega el cadáver y acepta el rescate que
te ofrezca Príamo".
Iris, entre tanto, habló con Príamo sobre el deseo de los dioses y éste
lo comunicó a Hecuba que trató de convencerle de que
no acudiera al encuentro de Aquiles, pues arriesgaba
la vida: "Lloremos en palacio a Héctor, a distancia
del cadáver; ya que cuando yo le parí, el hado poderoso
hiló de esta suerte el estambre de su vida: que habría
de saciar con su carne a los veloces perros, lejos
de sus padres y junto al hombre violento cuyo hígado
ojalá pudiera yo comer hincando en él los dientes".
Príamo le respondió: "Yo mismo he oído a la diosa,
la he visto ante mí y creo en sus palabras. Y si mi
destino es morir, lo acepto: que me mate Aquiles tan
luego como abrace a mi hijo y satisfaga el deseo de
llorar sobre él".
El anciano subió al carro, conducido por el prudente Ideo, en el que
ya habían colocado numerosos presentes y diez talentos
de oro (unos trescientos kilogramos). Muchos eran
los troyanos que lloraban, temiendo por su rey, mientras
le acompañaban hasta las puertas de la ciudad. Zeus
advirtió que el rey avanzaba por la llanura y ordenó
a Hermes, el dios mensajero, que acompañara con disimulo
al anciano hasta las naves aqueas: "Hermes, ya
que tu te complaces en escoltar a los hombres y en
escucharles, acompaña a Príamo hasta que esté en presencia
de Aquiles, no sea que sufra el ataque de los guerreros
de la llanura". Hermes se calzó sus bellas sandalias
aladas que le llevan por el mar y la tierra con la
rapidez del viento, y tomando la vara con la que adormece
a quien quiere y despierta a los que duermen, descendió
del Olimpo y llegó junto al carro tomando la forma
de un joven príncipe en la flor de la juventud. Su
presencia, alarmó a Príamo y a su cochero, pues temieron
que se tratara de alguien que pretendiera darles muerte.
Hermes les tranquilizó, haciéndose pasar por uno de
los hombres de Aquiles que venía a protegerles por
el camino al campamento aqueo. Príamo le preguntó
por el estado en el que se encontraba el cuerpo de
su hijo y el mensajero respondió: "Doce días
lleva muerto, y ni el cuerpo se pudre, ni lo comen
los gusanos. Si a él te acercas, te admirarás de ver
cuan fresco está. De tal modo los dioses cuidan de
tu hijo, pues les era muy querido".
Llegados al foso, torres y empalizadas que protegían el campamento y
las naves, Hermes adormeció con su vara a los centinelas,
atravesaron la barrera y llegaron a la alta cerca
que los mirmidones habían construido, para proteger
la tienda de su rey, con troncos de abeto y cañas.
Hermes regresó, entonces, al Olimpo, pues no resultaba
decoroso que un dios inmortal se tomara, públicamente,
tanto interés por un mortal. Ante la sorpresa de los
reunidos en la tienda con Aquiles, Príamo hizo su
repentina aparición, entre ellos, como si de un dios
se tratara. Se abrazó a las piernas de Aquiles, llorando,
e imploró suplicante: "¡Oh, Aquiles! Apiádate
de mí que he perdido a casi todos mis cincuenta hijos,
incluido aquel que era único para mí, Héctor. Respeta
a los dioses y recuerda el amor que te tiene tu padre,
que espera ansioso volver a estrecharte junto a su
pecho, en la lejana Argos. Yo soy más digno de compasión
que él, puesto que me he atrevido a lo que ningún
otro mortal en la tierra: a llevar a mis labios la
mano del hombre matador de mis hijos". Aquiles
rompió a llorar por el recuerdo de su padre y de Patroclo
y cogió la mano de Príamo mientras le alzaba con suavidad.
Ambos lloraban y los gemidos resonaban en la tienda.
Cuando Aquiles hubo saciado sus deseos de llanto, miró compasivo al encanecido
anciano e invitándole a tomar asiento, le dijo: "¡Desdichado,
cuantas desgracias ha soportado tu corazón! Aunque
los dos estemos afligidos, dejemos reposar en el alma
el dolor, el gélido llanto para nada aprovecha, pues
lo que los dioses han hilado para los míseros mortales
es vivir entre congojos, mientras ellos están exentos
de cuitas. En los umbrales del Olimpo hay dos toneles
con dones que el dios reparte: en uno, están los pesares
y en el otro las alegrías. Aquel a quién Zeus los
da mezclados, unas veces topa con la desdicha y otras
con la ventura, pero el que solo recibe pesares, vive
con afrenta y va de un lado a otro sin ser honrado,
ni por los dioses, ni por los hombres. Así, los dioses
otorgaron a mi padre, Peleo, grandes mercedes desde
su nacimiento: aventajaba a los demás hombres en felicidad
y riqueza, reina sobre los mirmidones y, siendo mortal,
tuvo por esposa a una diosa. Pero también le impusieron
un mal: que no tuviera hijos que reinaran en palacio
tras su muerte. Tan solo uno engendró, cuya vida ha
de ser breve. Además, no le puedo dar el consuelo
de cuidar su vejez, al estar tan lejos de mi reino.
Piensa que tu también reinaste rico y dichoso sobre
Lesbos y desde la Frigia hasta el Helesponto inmenso.
Pero los dioses te trajeron la plaga de la guerra.
Súfrela resignado y no consientas que se apodere de
tu corazón el pesar continuo, pues quizás tus desgracias
no hayan concluido".
Príamo, con la arrogancia de un dios, le respondió: "No me hagas
sentar en esa silla mientras Héctor yace insepulto.
Entrégamelo y recibe los cuantiosos regalos que te
traemos. Ojalá puedas disfrutarlos y regresar a tu
patria, ya que me has dejado vivir y ver la luz del
sol". Aquiles se incomodó ante la premura del
anciano y contestó: "Abstente de exacerbar los
dolores de mi corazón; no sea que deje de respetarte
a pesar de tus súplicas y viole las órdenes de Zeus".
Dicho esto, salió de la tienda seguido de Automedonte
y Alcinoo, los compañeros que más apreciaba después
de Patroclo. Dio instrucciones para que retiraran
lo regalos del carro y para que lavaran y ungieran
el cuerpo de Héctor antes de que lo viera Príamo,
no fuera que se encolerizase por su estado, irritase
el corazón de Aquiles y éste le diera muerte quebrando
las órdenes del dios.
Lavado y ungido el cadáver, se le cubrió con uno de los ricos mantos
hallados entre los obsequios del rescate, y el mismo
Aquiles lo depositó sobre un lecho preparado el carro
de Príamo. El héroe gimió y se dirigió al túmulo de
Patroclo: "¡Oh Patroclo! No te ensañes conmigo
si en el Orco té enteras de que he devuelto el cuerpo
de Héctor a su padre; este ha sido el deseo de los
dioses y han entregado un rescate digno que consagraré
en tu recuerdo, en la parte que te es debida.".
Al llegar la noche, volvió a la tienda e invitó a
cenar a Príamo que, temeroso de la amenaza de Aquiles,
había permanecido allí.
Cuando hubieron satisfecho el deseo de comer y beber, Príamo pidió autorización
para retirarse y descansar. Aquiles le preguntó: "Antes
de retirarte, dime con sinceridad cuanto tiempo necesitarás
para celebrar las honras fúnebres de tu hijo; durante
ese tiempo permaneceré quieto y contendré al ejército".
Príamo le contestó: "Ya sabes que vivimos encerrados
en la ciudad y que tendremos que traer la leña del
Monte Ida, tarea en la que se necesitarán nueve días.
Durante ese tiempo, lloraremos en palacio a Héctor,
el décimo día le sepultaremos y el pueblo celebrará
el banquete fúnebre; el undécimo día, erigiremos el
túmulo sobre el cadáver y, el duodécimo, estaremos
dispuestos al combate, si fuese necesario". Dicho
esto, todos se fueron a dormir y Aquiles se dirigió
a la tienda de Briseida, la de hermosas mejillas.
Mientras todos descansaban, Hermes planeaba como sacar el carro del campamento
sin que lo advirtieran los guardianes y pudieran alertar
a Agamenón que, al no estar enterado de la decisión
de Aquiles, podía retrasar la partida e incluso retener
a Príamo, como rehén, para pedir rescate a los troyanos.
Así que despertó al exhausto rey, unció los caballos
al carro y los guió por el campamento. Adormeció a
los guardianes con la mágica vara y franquearon las
empalizadas y el foso.
La aurora de azafranado velo se esparcía por toda la tierra, cuando llegaron
a las murallas de Ilión. Casandra, semejante a la
dorada Afrodita, fue la que primero los divisó y,
prorrumpiendo en sollozos, vagó clamando por toda
la ciudad. Toda la población se aprestó a recibir
la fúnebre expedición con muestras de inmenso dolor.
Hécuba y Andrómaca, la viuda de Héctor, se echaron
sobre el carro de hermosas ruedas y tomando la cabeza
del muerto, se arrancaban los cabellos mientras la
turba las rodeaba gimiendo. Y hubrían estado a las
puertas de la ciudad todo el día, si el anciano rey,
poniéndose en pie sobre el carro, no les hubiese pedido
que se apartaran y le dejasen continuar hasta el palacio.
Una vez allí, Andrómaca comenzó el funeral lamento:
"¡Esposo mío! Saliste de la vida en plena juventud, y me dejas viuda.
¿Qué será de nosotros?. Tu hijo, es todavía infante
y no creo que llegue a la juventud; antes será la
ciudad destruida desde su cumbre. Pronto nos llevarán
en las naves aqueas y nos ocuparan en viles oficios,
propios de cautivos. Algún aqueo, en venganza por
los suyos que tu mataste en combate, arrojará a tu
hijo desde lo alto de alguna torre, ¡muerte horrenda!.
¡Oh Héctor! Ni siquiera pudiste, antes de morir, tenderme
los brazos desde el lecho, ni hacerme saludables advertencias,
que habría recordado, de noche y de día, con lágrimas
en los ojos". Esto fue lo que dijo llorando,
y las mujeres gimieron.
Después, Hécuba se dirigió al lecho y habló al hijo muerto: "¡Héctor,
el hijo más amado de mi corazón! No puede dudarse
de que en vida fueras querido por los dioses pues
ahora yaces en palacio tan fresco como si acabases
de morir, a pesar del cruel trato que recibió tu cuerpo
de manos del maligno Aquiles tras darte horrible muerte,
no contento con haber vendido, al otro lado del mar
estéril, muchos de mis otros hijos que, antes, logró
capturar.
A continuación, Helena (la causante de la gran tragedia que estamos relatando
por su fuga con Paris), fue la tercera en dar principio
al tercer lamento: "¡Héctor! el cuñado más querido
de mi corazón. En los veinte años transcurridos desde
que me trajo Alejandro (Paris) y abandone mi patria
y a mi esposo Menelao, jamás he oído de tu boca una
palabra ofensiva o grosera; si alguien me increpaba
entre los cuñados o sus esposas, tu contenías su enojo
con tu afabilidad y suaves palabras. Con el corazón
afligido, lloro a la vez por ti y por mí, desgraciado.
Que ya no habrá en la vasta Troya quien me sea benévolo
ni amigo, pues todos me detestan". Cuando concluyó,
el anciano Príamo se dirigió al pueblo: "Ahora,
troyanos, traed leña a la ciudad y no temáis ninguna
emboscada por parte de los arguivos; pues Aquiles
me prometió no atacar hasta que llegue la duodécima
aurora".
Por espacio de nueve días, los teucros acarrearon leña, desde el Monte
Ida hasta Ilión, y cuando, por décima vez, apuntó
la aurora que, cada día, trae la luz a los mortales,
sacaron el cadáver del audaz Héctor, lo colocaron
sobre la pira, prendieron fuego y el cuerpo fue abrasado
por las voraces llamas. Más tarde, con lágrimas corriéndoles
por las mejillas, los hermanos y amigos sofocaron
los rescoldos con negro vino. Recogieron los blancos
huesos calcinados y los colocaron en una urna de oro
que envolvieron con un leve velo de púrpura; depositaron
la urna en un hoyo que cubrieron con grandes piedras
y, sobre él, erigieron el túmulo. Después volvieron
al palacio de Príamo y celebraron el espléndido banquete
fúnebre. Así concluyeron las honras fúnebres de Héctor,
domador de caballos.
FIN de la Iliada
Epílogo
Así finaliza el último canto de la Iliada, el poema épico más antiguo
de la literatura europea.
En la "Etiopide" de Aretino de Mileto (700 a.C.), conocida
por un resumen posterior, se describe el final de
la Guerra de Troya con el incendio de la ciudad y
la muerte de Aquiles. Muerte anunciada una y otra
vez en la Iliada. Poseidón y Apolo, indignados por
el trato que el héroe dio a Héctor después de matarlo,
ayudaron a Paris a que acertara en disparar una flecha
contra el vulnerable tobillo de Aquiles. La flecha
atravesó el tendón y Aquiles ¿murió?. Tras lo cual
se desencadenó un encarnizado combate alrededor del
cadáver, hasta que una tormenta, enviada por Zeus,
permitió recatarlo. Aquiles fue llorado durante dieciséis
días por las nereidas y por las nueve musas, mientras
entonaban cantos fúnebres. El día decimoctavo, quemaron
el cuerpo en la pira y sus cenizas fueron mezcladas
con las de Patroclo y enterradas en el cabo Sigeo,
que domina el Helesponto. En el cercano poblado de
Aquileón construyeron un templo, en donde se erigió
una estatua que le representaba llevando un pendiente
de mujer. Fue el héroe preferido de los griegos y
considerado como un semidiós, al que se rendía culto
en toda Grecia en las fiestas Aquileas de primavera,
y sus azañas fueron recogidas por muchos escritores.
En la Odisea Ulises visita a Aquiles en los infiernos.
En el habla común, Aquiles es sinónimo de hombre invulnerable,
valiente e intrépido y su imagen ha sido reproducida
por incontables artistas de la antigüedad y modernos.
Entre los que se cuentan pintores como Delacroix,
Regnault, Rubens, Ingres, Gerard etc., y numerosos
dramaturgos. En 1687 se escenificó Achilles y Polixene
en los teatros y, en 1735, Achiles y Deidamie,
en la ópera. Deidamia fue uno de sus primeros amores
y de ellos nació su hijo Neoptólemo.
En el plano social, algunos autores consideran la muerte de Aquiles como
un símbolo del fin de una época, la del ocaso de los
dioses míticos. En el plano psicológico, el pie es
un símbolo, según Jung, se halla en contacto con la
realidad, el suelo la tierra. Pero también es a menudo,
un símbolo fálico. Comporta un punto vulnerable tocado
por la vida maternal, en virtud de la cual se debilita
la fortaleza del hombre. El disfraz femenino del héroe
quizás representa la necesidad de desarrollar la parcela
femenina presente en la personalidad de cada hombre
viril, o tal vez signifique la ambivalencia sexual
de Aquiles, mostrada en su apasionada inclinación
hacia Patroclo.
Pero oigamos, después de tan doctas sentencias,
lo que opina nuestro héroe, hoy convertido en activo
colaborador de nuestra web:
-"Todo aquello fue idealizado por los bardos de la época. Cierto
que los griegos tuvimos que destruir Ilión en una
época difícil para nuestros reinos. Amenazados por
los bárbaros del norte, tuvimos que unir las fuerzas
de nuestros reinos, siempre en conflicto interno,
contra ellos y, así, frenar sus deseos de extenderse
por toda Grecia. En aquel tiempo, muchos nos hicimos
a la mar para evitar el bloqueo comercial al que,
desde hacía décadas nos estaban sometiendo los teucros
por su férreo control de la navegación hacia el Mar
Negro y hacia otras colonias asiáticas que con el
tiempo fundamos en las costas orientales del Egeo.
El rapto de Helena fue la excusa para declararles
la guerra, pero ella se había fugado, hacía tiempo,
por propia voluntad con el bello Paris, hijo de Príamo
e íntimo amigo de Menelao, su legítimo y también infiel
esposo. No fue su primera infidelidad, era una hermosa
hembra que sabía contentar a sus antiguos y numerosos
pretendientes. Helena era una belleza sin par en Grecia
deseada por todos nosotros. Su boda con Menelao fue
por sorteo y todos sus pretendientes nos conjuramos
en defender aquel matrimonio contra los que pretendieran
romperlo. Aquel pacto implicaba, como no, poder disfrutar
de sus favores por riguroso turno. De todas formas,
conviene indicar que las mujeres griegas, en aquella
época, ofrecían poca resistencia a la aventura con
el hombre que las requería. Esa pasividad las hacía
fácilmente abordables durante las frecuentes ausencias
de sus esposos legítimos.
Mi problema en Troya no fue Briseida, una bella criatura incluida en
el botín de guerra tras la toma de la ciudad de Lirneso,
durante la que di muerte a su esposo, sino una antigua
lesión de los tendones del tobillo, hoy llamados de
Aquiles en mi honor, consecuencia de mi desmedida
afición a las carreras de velocidad a pie. El dolor
me obligó durante días a mantener reposo, cuando mejoré
me incorporé a la lucha evitando correr en exceso.
La persecución de Héctor alrededor de Ilión, que narra Homero, no fue
a pie sino en carro de combate. Aun así, los tendones
se resintieron de nuevo, y esa fue la tragedia real
que me condujo a caer, finalmente, bajo la desesperada
persecución de Paris y los suyos que, primero, abatieron
a mis corceles y después me dieron alcance cuando,
penosamente, casi paralizados mis pesados pies, trataba
de alcanzar las filas de los míos. Aislado de mis
hombres, se ensañaron cruelmente conmigo y aquel fue
el final que se cantó durante siglos, si Apolo o Poseidón
intervinieron en aquello o no lo hicieron, no puedo
decirlo, solo sé que yo no vi ningún dios hostil por
allí.
Pero mi muerte no se produjo. Atenea, remplazó mi cuerpo, bajo la soberbia
armadura, por el de uno de los muchos héroes caídos
en combate, y ese fue el cuerpo que los perros y las
carroñeras despedazaron, pues nunca se incineraban
ni se enterraban los cadáveres en aquellos tiempos,
ya que el fuego y la tierra eran parte de nuestros
dioses y no debían ser contaminados. Lo de la unión
de mis supuestas cenizas a las de Patroclo, fue poético,
pero pura invención de alguno de los numerosos copistas
de los textos originales. Yo fui trasladado al Olimpo
y, allí, mi madre, la diosa Tetis, y sus nereidas
y ninfas restañaron mis heridas y cuidaron con afán
mis doloridos tendones. Poco después Zeus, un gran
diplomático, donde los haya, me declaró inmortal,
pero me impidió volver a tener apariencia humana,
no hubiera estado bien visto por los bárbaros que
el principal responsable de la destrucción de Troya
quedara sin castigo aparente. Esto es algo común en
los olimpos de todos los poderosos, es necesario simular
el castigo de los transgresores de las costumbres
del gran público, pero sin exageraciones, pues en
todas las sociedades las élites tienen sus propias
normas de protección de sus emblemáticos caídos en
desgracia, así hayan cometido los más horrendos crímenes,
pues nadie, entre los "amos del universo",
está seguro de no verse implicado algún día en situaciones
similares.
Por otra parte, mi relación con Patroclo fue mucho más allá que la fuerte
y simple amistad que me unía a otros de mis compañeros
o que sigue uniéndome a alguno de ellos, como ocurre
con Diomedes, mi actual socio cibernético. Por Patroclo,
mi amado primo, siempre sentí una especial atracción;
desde nuestra prematura pubertad mantuvimos relaciones
muy íntimas que compatibilizamos con nuestra intensa
devoción por la mujer y sus suaves cuerpos, llenos
de ondulantes y jugosos rincones negados a la constitución
masculina. Era cosa frecuente en mi época y durante
los siglos posteriores, en las civilizaciones grecorromanas,
asiáticas o árabes, mantener relación homosexual pública
con atractivos varones sin que ello fuera causa de
escándalo, nadie tenía que recurrir a ese ridículo
salir de los armarios, como ocurre en los tiempos
actuales, era una cosa natural y frecuente que realzaba
la condición varonil, añadiéndole una atractiva ambigüedad,
ambigüedad muy apreciada por las mujeres. Fueron los
tiempos posteriores los que satanizaron la unión homosexual,
como satanizaron la promiscuidad heterosexual, y las
relaciones con púberes, admitido en otros tiempos,
del que la sociedad actual pretende, con hipocresía,
aborrecer, cuando jamás fue tan infame su utilización
como lo es ahora.
Pero yo nunca fui "una maricona" y aquella estatua, con ropajes
propios de las mujeres y un pendiente en la oreja,
fue la típica licencia de uno de los escultores que
más se alejó de reflejar mi imagen real, un cabronazo.
Yo era una auténtica bestia desde niño, fortalecido
por el constante ejercicio físico y mental y la dieta
en base a carnes crudas de jabalíes y leones. Dieta
que tuvo la contrapartida de debilitar mis tendones
en los últimos años de mi vida, hoy sabemos más de
los efectos del ácido úrico, de la artritis y la artrosis
que durante los milenios que nos precedieron. Muchos
grandes hombres, reyes y emperadores pagaron con una
corta vida su afición a las carnes de primer nivel
energético. Uno de ellos, Carlos V, el emperador alemán
que reinó en España, personaje de esta web, es un
claro ejemplo. Todos ellos fueron poderosos y sus
azañas llenaron sus cortas pero gloriosas vidas. Con
todo esto no pretendo sugerir que la sociedad moderna
sea peor o mejor que las del pasado, sino algo diferente;
aunque dudo que la uniformidad impuesta por las costumbres
de la era cristiana haga mejores hombres o consiga
torcer las naturales inclinaciones que los dioses
imprimieron en todos los humanos.
El tiempo hablará, como siempre lo ha hecho, y de hecho ya ha hablado:
la gran interrupción del conocimiento que produjo
la iglesia de Cristo, durante más de un milenio, desde
principios de la presente era, solo se quebró, suavemente,
a partir del Renacimiento y ha tenido, desde mediados
del más convulso y sangriento de los siglos, el siglo
XX, su más significativa ruptura con la civilización
que aceptó, pero a sangre y fuego padeció, la interpretación
terrenal del mensaje de Cristo. Si el mundo hubiera
seguido evolucionando según los patrones del nunca
igualado humanismo griego, que el cristianismo calcó,
pero deformó arteramente, hoy estaríamos conociendo
a los dioses reales en su real Olimpo y navegando
por su universo en refulgentes naves. Un placer que
no solo corresponde a los multimillonarios que, como
sabes, ya han comenzado a darse paseitos espaciales,
y como solo algunos herejes y bárbaros, hemos conseguido
hacer, gratuitamente, desde hace milenios, mal que
les pese a los dioses cristianos y a sus voceros.
Pero, todavía, son muchos los intereses en que las
masas humanas permanezcan bajo férreo control del
imperio del un neocapitalismo liberal, vano espejismo,
mucho más castrante para la mayor parte de la humanidad,
la siempre excluida del tan cacareado progreso, que
los efectos de nuestras costumbres o civilizaciones
ancestrales...".
Diomedes interrumpe el monólogo de Aquiles
-" Querido Aquiles, nos conocimos entonces y nos conocemos hoy;
ambos hemos cambiado un poco, aunque sigamos pensando
de tanto en tanto. Nuestras armas de broce de entonces
y la palabra, han sido remplazadas por las armas nucleares
y la palabra y, de ambas, las actuales tienen mayor
poder de destrucción y de construcción que las antiguas,
el secreto del progreso reside en saberlas utilizar
y solo el juicio de las generaciones que nos sucedan
podrá decidir si esta civilización estuvo en el camino
de alcanzar la gloria y la tierra prometida o si por
el contrario será mero objeto de estudio, por los
románticos de los milenios futuros, como un ejemplo
a no seguir. Los imperios y el esquema de poder que
construimos en el pasado han sido sustituidos por
otros nuevos; aunque, sorprendentemente, con sus raíces
en ellos. Tal vez no haya otro esquema posible si
no se produce una mutación en nuestra limitada impronta
genética, pero, para tu consuelo, debes considerar
que el hombre común, de estos tiempos, sigue buscando,
honradamente, una salida posible y digna para una
humanidad que se encuentra en los albores de su creación,
pues solo seis mil años de civilizaciones, de progreso,
frecuentemente interrumpido, no han sido suficientes
para conocer el destino final de la humanidad que
los dioses tienen previsto, si es que existe otro
destino diferente que el de estar abocada a su final
extinción. Es cierto que, para conseguirlo, se debería
romper, definitivamente, con todo mito creado o recreado,
desde la noche de los tiempos, y mirar al ser humano
y la naturaleza como únicos protagonistas verdaderos
de su existencia, enterrando, para siempre, a nuestros
dioses de la vida y de la guerra que nunca fueron
dioses verdaderos, ya que fueron creados por el hombre
mismo para su pueril consuelo y como instrumento injusto
para la dominación del hombre por el hombre, ese amedrentado
ser tan propenso a creer en lo que no ve, ni comprende,
pero tan reacio a creer en si mismo y en su prójimo,
únicas claves para el posible conocimiento de La Verdad".
Aquiles toma la palabra
Dejemos estas hiperbólicas disquisiciones y hablemos
de la Guerra de Troya, pues si bien Homero, en su
poema, recogió, idealizadas, muchas esencias de todo
aquello, quedan sueltos numerosos cabos y se omitieron
muchas cosas. Entre ellas, el desenlace final de la
guerra y el destino de muchos de los que allí combatieron.
Diomedes añade
Si, no estará de más que analicemos, entre los dos,
toda esa serie de hechos que diferentes autores han
contado, con rigor o inventando, sobre los que allí
estuvimos. Lo cierto es que aquella cruel contienda
despertó la imaginación de incontables artistas durante
siglos, y fueron muchos los que pretendieron negar
veracidad a Homero, atribuyéndole parcialidad e incluso
falsedad en la narración de los acontecimientos. Pero
tendremos que dejarlo para otro momento.
Y aquí interrumpimos, de momento, el diálogo iniciado
por nuestros héroes de A&D, pues ya es hora de
saltar a la red de redes; al mundo de la global difusión
del conocimiento. Pero amenazamos con publicar en
breve la continuación de este epílogo.